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Mientras la sociedad depende cada vez más de las computadoras y de la comunicación electrónica, en algún momento nosotros tendremos esa necesidad, publicaron Robert Gelman y Stanton McCandlish, miembros de la organización en defensa de las libertades de internet de la Electronic Fronteer Foundation en Estados Unidos.

En un libro publicado en 1998 sobre la privacidad de los usuarios en internet, los autores Gelman y McCandlish predijeron la forma en que hoy sufrimos y gozamos esa necesidad a todo tipo de aparatos digitales y electrónicos, entre ellos el más usado: el celular. Los autores visualizaron hace 17 años que el salto de la sociedad industrial a la sociedad informativa ha resultado en oleajes culturales que chocan y se sienten mundialmente.

Hoy también se nota ese choque en el salón de clases debido a esa transición educativa. Hace 10 años los teléfonos servían sólo para mandar mensajes de texto y llamadas, pero no tenían las capacidades técnicas para conectarse a internet y utilizar las aplicaciones. Esa evolución a los llamados “teléfonos inteligentes” y la web 2.0 ha cambiado la dinámica del aula: por un lado sabemos que amplía las posibilidades de conocimiento e influye en la integración de las comunidades por su interactividad, y por otro abona a la distracción y la mercantilización.

No es raro escuchar las quejas de los colegas profesores: “Los alumnos están pegados al teléfono y poco ponen atención en clase; ni te metas en problemas, no le vas a ganar al celular.” La tendencia académica no es sólo a restringir el uso, sino a desaparecerlo, apuntan expertos como el reconocido académico catalán Manuel Castells, de la Universitat Oberta de Catalunya, y Arturo Domínguez, de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN). En efecto, muchos maestros apelan a formas autoritarias para prohibirlo aun sin una norma expresa en el reglamento de las instituciones académicas donde trabajan.

Los alumnos son tan inteligentes como sus teléfonos, y en ocasiones asumen posturas según el lugar del salón donde se encuentra el profesor para seguir “whatsappeando” en secreto o cuando el maestro sale del salón de clases. Esa necesidad de la que hablan Gelman y McCandlish es tangible. Parecería que los estudiantes necesitan seguir enviando mensajes o usar las redes sociales aun en clase, como si no pudieran evitarlo. Hay quien los critica porque viven en la cultura del dedo, como zombis que hacen una permanente inclinación con la mirada fija en la pantalla.

¿Cómo encontrar el justo medio en las políticas institucionales y pedagógicas si en el fondo estamos hablando de comunicación interpersonal mediada por soporte tecnológico? ¿Cómo están interpretando las universidades y escuelas esta convergencia?

Hace unos años escribí sobre los celulares como esas cajas de pandora que traerían la desgracia a la gratuidad y las libertades de internet. En mi opinión, han proporcionado a la sociedad beneficios, pero también riesgos.

Las estadísticas de las agencias de mercadotecnia señalan que el dispositivo móvil es de los gadgets más atractivos dado que en promedio un usuario lo consulta entre 5 y 10 veces al día. De acuerdo con el INEGI, en 2001 la proporción de hogares con teléfono celular era del 16%, y en 2013 identificaron casi el 80%, aunque no todos con conexión a datos o a internet.

En diciembre de 2013 dictó una conferencia el sociólogo posmoderno Michel Maffesoli en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, y su tema fue una genealogía social del racionalismo y el modernismo. La siguiente frase me dio algunas respuestas al tema de los celulares: Ya no estamos en la verticalidad del saber y del poder, sino en una horizontalidad de la potencia, que se imponga la ley de los hermanos, del acompañamiento. El sociólogo francés apunta que hay una forma de reencantamiento del mundo con los gadgets que emerge del segundo grado de socialización, la llamada iniciación. Ya no hay un simple poder vertical, hay un poder horizontal con el que también podemos contar.

Maffesoli señaló que a él le ha sucedido con sus alumnos en clase, que consultan en sus equipos móviles o computadoras algunos de los datos que menciona y lo corrigen. “Es la fenomenología de la vida cotidiana”, dijo. Menos la actitud del sabio, más una dimensión del hermano: la educación descansa en el poder, la iniciación descansa en la autoridad.

Esta reflexión toca la superficie de estudios en materia educativa y de alfabetización digital, y he visto ejercicios muy valiosos en el uso de Facebook de expertos como el argentino Alejandro Piscitelli. Además, el salón de clases no es el único lugar donde los móviles causan problemas; en abril de 2015 se publicó en medios que ya le ganaron al alcohol como principal causa de accidentes en México, con 40% de incidencia. Incluso niños y adolescentes sufren lo mismo de sus padres: ese desplazamiento del dispositivo móvil, como antes era con la televisión, lo cual me parece mucho más grave. El reto requiere de mucho estudio y entendimiento de lo que sucede en las mentes, el espíritu y en los corazones de los alumnos. Pero también debería haber momentos de reflexión de los maestros para analizar el tema. Quizá como profesores nos ayudaría compartir técnicas y debatir más al respecto para mejorar nuestro acercamiento al fenómeno.

El académico alemán Matthias Thimm plantea en un estudio reciente sobre los jóvenes y los dispositivos móviles en Egipto, Alemania y China, que los teléfonos celulares se han convertido no sólo en el gadget consentido sino en una herramienta multimedia para todas las situaciones. Por consiguiente, estos aparatos cambian estilos de vida, actividades de consumidores y organización social familiar por su capacidad de portabilidad comunitaria. No es sólo una tendencia en el mundo occidental, sino un fenómeno mundial.

El sociólogo estadounidense Neil Postman, discípulo de Marshal McLuhan, afirmó que las herramientas tecnológicas pueden entrometerse hasta en las creencias más unificadas de una sociedad. Cada tecnología es una carga y una bendición, y cualquier nueva herramienta de este tipo es ampliamente determinada por su estructura, explicaba Postman. Para él, las nuevas tecnologías son como el pacto de Fausto con el diablo: nos da algo y nos quita algo. Los valores sociales previos se van perdiendo y se construye un nuevo mundo; no destruye el anterior, sino lo reduce y lo vuelve casi invisible.

Esta idea es muy identificable para quienes vivimos en América Latina; por ejemplo, lo podemos presenciar cada vez más en la reducida presencia de los grupos originarios en los medios de comunicación. Tal vez Postman tenía razón cuando afirmaba que deberían prohibir las computadoras para el aprendizaje, aunque sabemos en el contexto en que lo dijo y la dinámica comunicacional entre los ochenta y noventa. Hoy podría argumentarse lo mismo del uso del celular en el aula. El autor de Tecnópolis pregunta: ¿A quién dará más poder y libertad la tecnología? ¿Y qué poder y libertad será reducido? ¿Estoy usando la tecnología o ella me usa a mí?

Con relación a la vinculación entre educación y televisión, Postman afirmó que programas infantiles como Plaza Sésamo “no alientan a los niños a que les guste la escuela o la educación. Los alienta a que les guste la televisión”. En esa lógica me pregunto si WhatsApp alienta a los usuarios de móviles a que interactúen más con amigos y colegas o a que les gusten más los celulares y los sigan comprando. En la lógica postmaniana, aún no hay elementos para valorar con certeza el cambio cultural y social que evite continuar la rendición (de tributo) a lo que él llama “el dios tecnología”.

Cuando Postman murió, en octubre de 2003 (a los 72 años), el diario británico The Guardian realizó una reseña que lo nombra como un influyente crítico de medios “que nunca usó internet, nunca tuvo una computadora, ni una máquina de escribir”. Sus 20 libros que publicó fueron a mano o dictados a su colega e investigadora Janet Sternberg, informó el rotativo londinense.

¿Qué pensaría Postman al ver a los jóvenes distraídos utilizando sus teléfonos celulares sumergidos en esos “oleajes culturales” que han trastocado la forma de educar en las aulas? Esa pregunta la hizo el profesor de economía aplicada de la Universidad de Harvard, David Cutler, a inicios de 2013 en el blog de maestros “Spin Education”. Dado que Postman murió en 2003 y no experimentó este fenómeno de masificación tecnológica, Cutler buscó a la profesora Janet Sternberg, quien respondió a la misma pregunta que en su opinión la gente no presta atención a los efectos negativos (de la tecnología) que llega como parte de un acuerdo. “Estamos tan entretenidos celebrando las cosas buenas, que olvidamos que el pacto fue con el diablo”, dijo Sternberg, quien trabaja actualmente en la escuela jesuita Fordham University en Nueva York.

Fuente: www.forbes.com.mx  / Alejandro Cárdenas López es periodista y profesor de asignatura del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana.

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