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Facebook ter­minó reciente­mente la fabri­cación de una aeronave no tripulada solar, cuyo fin es proveer de internet a comunidades desconecta­das, como una especie de megafuente de Wi-Fi a 18 kilómetros de altura que puede volar durante tres meses con­secutivos.

Un dron recorre los cam­pos de magueyes de una tequilera en Jalisco, y mediante las fotografías que toma se puede determinar si las plantas están enfermas o cuáles están listas para jimarlas. En el Golfo de California se planea que tres drones vigilen el ecosistema de una especie en extinción y endémica de esa zona, de la que sólo quedan menos de 100 ejemplares en el mundo: la vaquita marina, asediada por la pesca ilegal.

Los drones están aquí para que­darse, pero nadie ha dicho aún la última palabra sobre cuánto dinero hay en la industria.

La Asociación de Electrónicos de Consumo, que cada año orga­niza el CES en Las Vegas, calculó en enero pasado que en 2018 el mercado de drones valdrá 1,000 millones de dólares (mdd).

Sin embargo, tan sólo el fabricante líder en el mundo, Dajiang Innovation Technology Co. (conocido comercialmente como DJI, con el 70% del mercado global, según Frost & Sullivan), po­dría vender el equivalente a 1,000 mdd en 2015.

De acuerdo con la firma de mercados MarketsandMarkets, el segmento de drones pequeños (me­nos de 7 kilogramos) a escala global registrará un crecimiento promedio de 12.31% a partir de 2014, para alcanzar 1,900 mdd a finales de 2020.

En tanto, la Asociación Interna­cional de Sistemas de Vehículos no Tripulados (AUVSI, por sus siglas en inglés) estima que el impacto de la industria de los drones acumula­rá más de 82,000 mdd en 2025, tan sólo en Estados Unidos. Lo cierto es que es un negocio que pinta para despegar cada vez más alto.

Por ejemplo, en México, Mario González comenzó a importar y vender helicópteros a control remo­to durante sus últimos semestres, en 2010. Había llegado de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, al Distrito Federal, a inicios de la década del año 2000, para estudiar en la alma máter de sus padres: la Universidad Nacional Autónoma de México.

Tardó dos años en descu­brir que la Mecatrónica no era su vocación y se mudó de casa de estudios, a unos 15 minutos hacia el oriente metropolitano: al Tecnoló­gico de Monterrey, campus Ciudad de México, para estudiar Ingeniería Electrónica. “No me revalidaron ninguna materia”, lamenta.

Aproximadamente un año des­pués volvió a cambiarse de carrera en la misma institución privada.

“Empecé y terminé Finanzas muy bien, pero al principio con mis papás fue como ‘Ya decídete’. Esta­ban a punto de dejar de apoyarme; fue la última oportunidad que tuve”. Y la aprovechó.

“Fue importante el conocimien­to que nos dieron sobre iniciar una empresa en el Tec. Sí sirvió. Teníamos bastantes clases de emprendedores: te enseñaban la parte financiera, la comercial, de mercadotecnia. Te meten la idea de hacer tu propio negocio, que sí se puede, que no es imposible. Fue así como se me ocurrió vender por internet”. Primero anunciaba sus productos en Mercado Libre, pero muy pronto montó su propia tienda en línea: Heliboss.

Cuando se graduó a finales de 2011, pensó en dedicarse de lleno a la tienda, pero descartó la idea.

“Recién graduado, mi familia, que con grandes esfuerzos pagó todo, presionó para que encontrara un trabajo”, recuerda.

Y consiguió ese buen trabajo en el corporativo de Tesorería de Ban­comer, pero su pequeño emprendimiento no lo dejaba en paz.

Para ese entonces, el negocio de los helicópteros había bajado mucho, lo de moda eran los cuadrópteros con cámara, que Mario trajo a México en 2012. La diferencia con los drones de ahora es que los cuadrópteros no tenían sistema de posicionamiento global (GPS), así que si los perdías de vista, podía ser para siempre.

Como con gotero, comen­zaron a llegar a México drones relativamente asequibles. Ya no eran aquellos armatostes dedicados a la vigilancia, semejaban más a los helicópteros miniatura y tenían nuevas funciones, como tomar video de las zonas que sobrevola­ban. Mario continuó con la tienda a través de una oficina virtual.

“Empezó a crecer bastante lo de los drones. Yo estaba en la oficina y llegaban mails y mails, la gente quería llamarme y pensé: voy a arriesgarme”.

En esa época, el actual líder del mercado de drones de consumo, la china DJI, fundada apenas en 2006, no vendía los 500 mdd que vendió en 2014, pero ya era de las más po­derosas. Cuando DJI le condicionó la distribución oficial a Mario, con un pedido de arranque de 35,000 dólares, buscó financiamiento.

Pidió un préstamo de 35,000 dó­lares a Banamex, invirtió todo en el negocio de drones y dejó su trabajo en Bancomer.

“Era un estudiante sin un gran historial crediticio ni nada y me lo dieron con una tasa altísima, pero fue así como pude hacer la prime­ra orden a DJI. Cuando llegaron los equipos, ya estaban casi todos vendidos. Es el único préstamo que tuve”, recuerda.

Actualmente, Mario es el prin­cipal distribuidor de drones en México, con ventas mensuales de al menos 200 drones, tan sólo de su modelo más popular.

De los modelos más caros, que cuestan más de 100,000 pesos, vende aproximadamente 10 al mes. También tiene tiendas en Colombia y Chile y estaba por abrir boutiques de drones en Santa Fe, DF, y Valle de Bravo, cuando platicamos con él.

Hoy sopesa las ventajas y des­ventajas de no haber encontrado a ese ángel inversionista en su mo­mento y haber tenido que recurrir al crédito con un interés altísimo.

“No puedo decirte qué hubiera pasado. Si hubiera tenido socios, tal vez hubiera crecido más rápido, pero ahorita no sería todo mío”.

El mercado de los drones creció 700% en los últimos tres años, calcula, y en 2015 el crecimiento va a ser más o menos del 200 o 300%. Mario González ya no busca inversionistas.

Este verano se lanza un nuevo drone en México, llamado solo, y el respon­sable es el bajacaliforniano Jordi Muñoz, un nerd entre nerds. Un día su madre le regaló un helicóptero a control remoto descompuesto y Jordi se empeñó en hacerlo volar a como diera lugar.

Tenía todo para fracasar: lo habían rechazado dos veces en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), no tenía dinero ni podía trabajar porque estaba esperando su Green Card en Estados Unidos y era “malísimo en matemáticas”. Le quitó el acelerómetro a su Wii y aprendió en internet todo lo que necesitaba sobre sensores, progra­mación, algoritmos y demás tecno­logías y fórmulas para construir su propio drone.

“El mercado billonario de smartphones hizo bajar los precios de los acelerómetros de 300 a 5 dólares. Eso me permitió, como maker o chavo sin dinero, tener acceso a ellos. La competencia entre Android y iPhone nos bene­fició a los makers, nos dio acceso a componentes como la brújula, los giróscopos, procesadores, que son el corazón de lo que ahora son los drones”, explica Jordi.

“Tuve que apren­der muchas de esas cosas a la brava”.

A los 22 años, seguía sin dinero y sin título, pero había construido un sistema de control de vehículos aéreos desde cero o, como dirían en San Diego, California, donde vivía en ese entonces, from scratch. Hoy es la plataforma más utilizada del mundo, en gran parte debido a su código abierto.

“Me escribían a diario que les fa­bricara uno, que me iban a pagar lo que quisiera. Y yo no quería porque me daba miedo”, dice Jordi.

“Me imaginaba que me los iban a regresar todos y me iba a quedar sin dinero, o algo así, y como son las cosas en Estados Unidos, tenía miedo de una demanda”.

Sin embargo, con el tiempo sus temores se probaron infundados. Empezó a vender los pilotos por internet a todo el mundo y su primer error no resultó catastrófico. Por ser emprendedor, le condonaron un error fiscal de principiante.

“Vas a Estados Unidos y no hay problema, te la ponen fácil. Allá metí la pata con Hacienda y me multaron. Fui y les dije que no sabía y pues que trabajaba en mi cochera y me dijeron ‘Ah, qué bueno que estás emprendiendo. Te vamos a quitar las multas, sólo vas a pagar esto. No lo vuelvas a hacer’”.

En contraste, cuando quiso poner una maquiladora de drones en Tijuana, se enfrentó a una traba burocrática tras otra, hasta que le informó a las autoridades que la empresa tenía la sede en San Diego.

Con frustración, Jordi dice que fue “horrible” ver cómo tener “un changarrito” en Estados Unidos les abrió puertas que antes parecían infranqueables en México. Actual­mente, su empresa 3DR, cofundada con Chris Anderson —ex editor de la revista de tecnología más impor­tante del mundo, Wired—, vende aproximadamente 50 mdd anuales y ha levantado inversión por más de 100 mdd en fondos de riesgo establecidos en Estados Unidos.

“El emprendimiento en México está un poco lento, pero no porque no haya talento. Falta mucho inversionista. En México, mucha gente te pone muchas trabas.”

Jordi agrega que no es fácil: “Para mí, como mexicano, es una bofetada ver cómo otro mexicano se va al extranjero (yo soy un ejemplo) y triunfa, le va super bien, gana re­conocimientos. Pero por qué triunfa allá y aquí no, eso es una bofetada, nos estamos despreciando a noso­tros mismos. Como país, tendríamos que ser lo suficientemente pode­rosos para crear nuevos mercados, nuevas industrias”.drones_reuters1

El aspirante

El tijuanense Iván Lozano quería ser inventor. Como un mantra de emprendedores tecnológicos, recita que de pequeño le gustaba desar­mar aparatos electrónicos. Ganó un concurso de creatividad en la preparatoria y otro en la universidad. Creció en una casa donde siempre había electrónica y conversaciones sobre negocios. Su padre, ingeniero en informática, muchos meses ganaba más arreglando aparatos electrónicos comprados en Estados Unidos y reven­diéndolos en México, que programando.

Ahora, una y otra vez, durante más de una hora de con­versación, habla de esa visión de tener tu propia empresa, lo cual realizó dos años después de graduarse, al emprender con un sis­tema de seguimiento mediante GPS. El proyecto no fue tan exitoso como esperaba, pero siguió intentando. En un Startup Weekend en Tijuana, el fondo 500 Startups aceptó su propuesta para iniciar una empresa de drones: Irondrone.

Iván intentó levantar capital con cerca de 10 fondos en México. “Pero estos buscaban invertir en compañías que puedan tener ga­nancias a corto plazo. Quieren que el dinero llegue a ellos tangiblemente muy rápido; su margen de riesgo es bajísimo”, dice.

Sí encontró apoyo en un progra­ma del gobierno chileno, que otorga 40,000 dólares de capital semilla a cambio de compartir la experiencia en ese país.

“Esto permite que emprendedo­res de distintas partes del mundo, de Alemania, Francia, México, Estados Unidos, vayan a Chile y dejen su tecnología, conocimien­tos, experiencia, para promover y crecer el ecosistema de emprendi­mientos chileno. Es un plan muy inteligente.”

Al final, el capital fundador de Iron Drone provino de Silicon Valley y Sudamérica. Iván se rehusa a precisar cuánta inversión levantó, pero indica que son aproximada­mente 500,000 dólares.

El ideal de Iván a la larga, como buen aspirante a inventor que fue de niño, es, a partir de un negocio exitoso, poder financiar otros em­prendimientos propios.

“Cuando puedes autofinanciar tus desarrollos tecnológicos, no tienes límites para tu creatividad”, afirma, y pone de ejemplo, como si hablara de un héroe de cómic, a Elon Musk, quien fundó SpaceX y Tesla Motors con el dinero que recibió por la venta de PayPal.

José Luis González logró el ideal de Iván Lozano. A sus 32 años, es un emprendedor empedernido que si no le atina a una cosa, le atinará a otra. Y si puede, a varias. Hace 11 años, en enero de 2004, cofundó Neubox, uno de principales provee­dores de dominios de internet en el país. Con las ganancias de Neubox, en 2013 y 2014 se dedicó a invertir en startups de tecnología a través de su fondo Lightcone Investment (hoy Lightcone Group).

Uno de esos emprendimien­tos le despertó un gran interés: la empresa de fabricación de drones Helidroid. Al detectar una gran demanda, José Luis, junto con David Quiroz, fundó la tienda web Droneshop, donde ya venden un promedio de 150 drones mensuales.

Crearon un pequeño ecosistema de empresas bajo el paraguas que llamaron Unmanned Systems, SAPI de CV. Incluye, además de la fábrica y la tienda de drones, una escuela para aprender a pilotearlos, Drone Academy; una empresa de video­grabación con drones y ofrece segu­ros de responsabilidad civil.

Aunque la experiencia de José Luis como emprendedor fue ex­traordinaria, la de inversionista es otro cuento. De las siete empresas que fondeó, sólo cuatro siguen, contando a Helidroid.

“Me metí dos años en inver­sión de capital privado y vi que sí está padre, sí está divertido, pero no tanto porque eran detalles o problemas con los socios. No sabían trabajar. Desde mi perspectiva, echaban la flojera. Y yo empecé mi primera empresa en la universidad, y sé qué hay que hacer para que una empresa levante y estas personas no lo hacían, o medio lo hacían. Cualquier persona que tiene fondos de inversión en México, a lo mejor no te lo va a decir, pero tiene experiencias de problemas con los socios, mucha faramalla, mucha publicidad, valuaciones estratosféricas que no están sustentadas en nada más que en valor presente neto. Entonces voy a regresar a lo que he hecho otras veces, que es hacer mis pro­pios proyectos y no darles una lana a otras personas y ver que en seis meses no hagan nada”.

Jordi Muñoz señala ante el escenario: “Todos tenemos grandes ideas, muy suaves, pero no hay un ecosistema que le permita a los emprendedores triunfar, por eso se van a Estados Unidos y triunfan. El que logre solucionar ese problema es un emprendedor que va a ayudar a los emprendedores a emprender. Serán quienes generen el cambio que hace falta en México”.

Fuente: www.forbes.com.mx  / Por Jennifer Juárez

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