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Los que lideran equipos saben que casi siempre, los desafíos más difíciles son aquellos relacionados a las personas y a la cultura de trabajo. Cuando fundamos Laboratoria en México, y empezamos a crecer, asumimos tanta responsabilidad tan rápido que caí en la trampa de querer controlar cada aspecto de la operación, demostrando al equipo que yo era capaz de llevar la organización sobre mis hombros.

Éramos un grupo de jóvenes haciendo por primera vez algo nuevo e incierto, y no teníamos un instructivo sobre cómo hacerlo. Mi respuesta ante dicha situación, en mi falta de experiencia, fue asumir una posición autoritaria; demandando, exigiendo y cobrando resultados a toda costa. Aún recuerdo, con mucha vergüenza y arrepentimiento, que en algún punto llegué a cancelar una reunión en la que discutiríamos algún problema que nos aquejaba porque lo que yo necesitaba escuchar eran soluciones.

Lo que no sabía en ese momento es que esa preocupación por demostrar que yo tenía todo bajo control, y esconder mi vulnerabilidad, tuvo un efecto contraproducente.

El equipo en lugar de responder positivamente ante la exigencia y esforzarse más, se preocuparon por no estar a la altura, y para evadir las consecuencias, se alejaron de mí. No buscaron apoyo conmigo porque no vieron en mí a alguien que les pudiera apoyar, ni alguien que entendería sus miedos, y mucho menos alguien en quien confiar.

Obviamente, los resultados se vieron afectados y mi inseguridad ya no encontró donde esconderse. No obstante, lo que pasó después fue una de las lecciones más importantes de mi vida profesional. Cuando mi miedo de fallar se hizo tan evidente que ya no lo podía ocultar, mi vulnerabilidad se hizo evidente ante el equipo, y en ese momento, nos vimos, nos reconocimos en el otro y nos reencontramos. A partir de ahí, mi forma de liderar cambió para siempre.

Brené Brown escribe mucho sobre la vulnerabilidad, algo que ella define como “la incertidumbre, riesgo y exposición emocional”. El sentimiento incómodo cuando salimos de nuestra zona de confort y somos forzados a perder el control, sin saber el efecto que eso puede tener en nosotros y en los demás.

A pesar de que la mayoría de nosotros fuimos entrenados para asociar este sentimiento con la debilidad y la fragilidad, y hemos aprendido a esconderlo o negarlo ante el miedo de ser vistos; yo he descubierto que la vulnerabilidad es más bien un acto de valentía y la clave para liderar con propósito.

Yo hoy lidero un equipo de más de 50 personas en 4 países, y quiero compartirles desde mi propia experiencia lo que yo he aprendido son algunos de los efectos positivos de la vulnerabilidad que logré adoptar en el trabajo.

La vulnerabilidad permite generar empatía y conexión entre las personas. Liderar no es fácil. Enfrentar situaciones adversas, solucionar problemas, manejar la incertidumbre constantemente, y tomar decisiones sin saber si esas tendrán un efecto positivo o más bien desastrosos en el equipo y la organización; todo eso es complicado.

Y muchas veces, los demás no tienen todo el contexto y no tienen manera de saber lo que estamos viviendo los líderes de una organización; por lo que es fácil juzgar cuando algo no sale bien. Exponer la incertidumbre y ser transparentes sobre la complejidad de las situaciones permite al otro empatizar. Todos luchamos contra nuestras propias inseguridades todo el tiempo, y por lo regular verlas en el otro nos genera alivio más que decepción. Esta práctica permite a los demás bajar sus barreras también para que ambas partes puedan encontrarse, uno en el otro.

En situaciones retadoras que no tienen soluciones fáciles u obvias, no siempre sabremos qué hacer, lo que realmente necesitamos en esos momentos es sentirnos acompañados. Y las personas que buscan respuestas en nosotros lo necesitan más aún.

La vulnerabilidad nos permite conocer las entrañas de nuestros sentimientos y emociones. Al ser vulnerables, nos enfrentamos con una versión de nosotros mismos que no sólo evidenciamos, sino que no la queremos aceptar. Es valiente ser vulnerable por eso, porque nadie quiere sentirse expuesto, sin control, fuera de su zona de confort.

Sin embargo, hacerlo nos obliga a vernos tal y como somos, y así poder trabajar esos aspectos de nuestra personalidad que nos está impidiendo ser mejores, crecer y salir adelante. Para la mejora y el aprendizaje continuos, necesitamos quitarnos la armadura y conocernos. Aceptar lo que nos mueve, lo que nos frena, nuestras tendencias; y trabajarlas.

La vulnerabilidad desencadena la creatividad y la innovación. Si entendemos la vulnerabilidad como ese estado en que uno siente que no tiene el control y actúa con valentía ante la incertidumbre; esa es la condición necesaria para crear, para reinventarse algo nuevo y diferente. La creatividad necesita esa libertad de acción que viene cuando abrazamos nuestras imperfecciones y dejamos de preocuparnos con lo que los demás van a pensar o decir.

Los negocios exitosos hoy en día viven de la capacidad de creación e innovación de sus colaboradores. Tenemos que salir de nuestra zona de confort, poder experimentar sin miedo a fallar, y celebrar la incertidumbre para que nuestra creatividad vea la luz del día.

En conclusión, en el trabajo tenemos una tendencia a aparentar que somos mejores de lo que somos, que dominamos cada situación que se nos presenta, que merecemos el cargo que tenemos; lo que nos lleva a esconder nuestras inseguridades. Pero mientras sigamos interpretando nuestras emociones como una debilidad, nunca permitiremos captar el valor que ellas tienen.

Tenemos que poder expresar nuestra humanidad en todos los ambientes de nuestras vidas. Juntos, viéndonos unos en los otros, lograremos bajar la guardia, y potenciar la fuerza de crecimiento que acompaña a nuestros momentos más frágiles.

Yo siempre digo que ser jefe es fácil, pero liderar es una dedicación constante a la reflexión y al autoconocimiento, especialmente en los momentos y lugares donde menos nos reconocemos.

Fuente: forbes.com.mx Por: Gabriela Rocha - La autora es socia y COO de Laboratoria.

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